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martes, 6 de noviembre de 2012

Parar el tiempo


Por fin había conseguido parar el tiempo. Allí tumbado sobre la cama, miraba un techo blanco y lleno de humedad. En esos momentos el mundo estaba parado a su alrededor. No necesitaba un reloj para saberlo, solo esa sensación de calma y plenitud que le llenaba envuelto sobre unas sábanas que desprenden un leve olor a sexo. Una suave esencia que respira mientras palpa la calidez que emana aquella cama. Sus ojos siguen centrados en un techo inmutable, mientras que el silencio que rodea a sus oídos es absoluto. Son las 4 de la mañana, ese punto de inflexión entre el sueño y el cansancio acumulado junto a un punto de lucidez. Un momento extraño en el que todos sus problemas y preocupaciones parecen distintos. La perspectiva de su vida es distinta entre aquellas sábanas sudadas y llenas de humanidad, mezcladas con todas las experiencias de un día. Ahí es donde ha parado el tiempo. Todo su mundo se para en ese instante en el que no pasa nada. Puede pensar la respuesta a todos sus problemas en aquel momento, donde atesora toda la experiencias de las últimas horas. Es posible que cada día sea como una pequeña vida que termina al dormir, donde los instantes anteriores a conciliar el sueño pueden ser los momentos de mayor experiencia y su senectud del día a día. Es la pequeña antesala a la muerte, para volver a nacer a la mañana siguiente, nuevo y un poco más mayor. Pero siempre con el recuerdo de su vida anterior… en este caso unas sábanas que siempre estarán igual, con ese aroma a sexo y esa calidez.

domingo, 27 de mayo de 2012

Cortar la meada


Acabas de ver en tu reloj como las agujas marcan las doce. Estás cansado, y miras la pared mientras meas en aquellos lavabos vacíos. El aire está cargado de un olor a orín rancio y por el hilo musical suena algo de Alejandro Sanz. Una buena forma de terminar la noche. Fuera de esos baños no te espera nadie. Ni un amigo, ni una chica. El centro comercial está vacío, y acabas de salir de ver una película. Solo, como de costumbre.

No estuvo mal, si obviamos a los niños de delante cuyos padres pasaron de ellos. No sabías muy a bien a quién te habría gustado asfixiar por detrás, a los niños o a los padres… o a todos, aunque eso era más complicado solo por el hecho de gente poniéndose a chillar, gritar y que no podrías terminar de ver la película. Allí de pié, mientras te sientes un poco más ligero reflexionas sobre qué harás a continuación. Coger el coche y volver a casa, donde te esperan tus padres dormidos en el sofá del salón, en bata y cogidos de la mano con el especial de Eurovisión. Aunque al menos cuando entres por la puerta el perro será quien despierte y quizá hasta se gire, mueva la cola, y luego siga durmiendo como si allí no hubiera pasado nada. Solo un fantasma. Por el contrario siempre puedes ir a dar una vuelta, hacer algo para variar. Aparcar los libros y tomar el aire, para vivir un sensación. O vivir algo. Ir solo con el coche (o mejor dicho el de tu madre) y tu L detrás siendo el rey del mundo, que tarda en aparcar en línea un cuarto de hora.

Podrías ir a algún pub, bailar, tomarte algo, acercarte por detrás a alguna chica, susurrarle algo al oído mientras le acaricias las caderas y bailas con ella. Ella sonreirá, tu sonreirás y luego te la llevarás en el coche a un sitio apartado. La dejarás en casa y quizá te su número, su Tuenti, su Facebook… Cuando la agregues a tu Facebook tu madre verá los comentarios que te deje, hará preguntas y se correrá la voz. Con tu madre está casi toda tu familia, la cual está demasiado informatizada. Hablará, harán comentarios… Poco después tu tía abuela, la snob que presume de ser muy moderna por usar Twitter y muy progre por seguir a Escolar y Llamazares, empezará a hacerte preguntas en la próxima comida familiar en la que coincidas. Luego serán tus tías, tu tío, el salido; tu madre y finalmente tu padre, quien empezará a hacer preguntas sobre dónde estuviste con el coche esa noche en la que solo ibas a ir al cine.

Terminas la meada, te lavas las manos, te secas y marchas a casa.

martes, 10 de abril de 2012

Alienación del sexo II


Mientras la luz de la lámpara continúa parpadeando, Él continúa mirando ese fino alambre de wolframio que por momentos deja la habitación a oscuras. Apenas se escucha ruido algo. Se trata de una noche tranquila en la que ni los vecinos ni los compañeros de piso tienen mucho que hacer. Apenas gira la cabeza sentado en aquella sillas acolchada, un mechón de pelo le resbala por la frente, dejando ocultados unos ojos grises y sin brillo alguno, que apenas llegan a reflejar esa tenue luz parpadeante de la lámpara del escritorio.

Allí desnudo y sentado, echado completamente sobre esa silla acolchada y llena de manchas, mira una cama que poco a poco deja escapar el calor que le quedaba. Entre cada respiración entrecortada la estancia se queda más y más fría.  Lo único que queda es el asomo de una figura sentada y unas sábanas revueltas.

Por su mente solo se esbozan imágenes de lo acontecido. Todo empezaba con un abrazo. Había una chica que entraba por la puerta y todavía era de día. Tras unas sonrisas y palabras, estaban sentados en la cama. Seguían abrazados, pero solo hablaban. A cada segundo que pasaban acurrucados en aquella cama, los ojos de él continuaban fijos en aquella mirada celeste bañada en un rostro moreno y que terminaba en cabello azabache. 

Pasaba el tiempo y quedaba menos luz. Y menos ropa. Estaban más unidos, en un continuo contacto. El frío que trataba de entrar en la habitación no hacía sino forzarles a estar más unidos. Un mordisco en el cuello, una mano acariciando la aquellas curvas desnudas y los últimos rayos de luz del día reflejados en dos mares que oscurecían como el día y se tornaban más negros, como su piel morena; esas eran las imágenes que aparecían ante aquellos ojos grises y allí sentado.

En la oscuridad total solo se oían gemidos ahogados y el roce contra las sábanas. Se revolvían con rabia contenida, arañándose la piel entre continuas exhalaciones. Hasta que en el punto más intenso, cuando la mano de él agarraba con fuerza un mechón de aquel pelo azabache, cuando ella le agarraba con fuerza, tumbada boca arriba y mirando un techo que parecía tan infinito como aquellos segundos. Una suave exhalación al unísono dejaba escapar en un instante toda la intensidad de aquellos momentos. La pasión y la rabia solo dejaron tras de sí una absoluta paz. Si todo empezó con un abrazo, todo terminó con otro. En aquella cama, ella le miraba tratando de ocultar una media sonrisa. Ahogado en la oscuridad de la habitación sentía el contacto con las sábanas de franela y los cabellos de ella sobre su hombro al abrazarle.

Sin embargo antes de decir nada, antes de un “te quiero” lo que se dijo fue un “adiós”. Ella se levantó de la cama, sin prisa, calculado cada paso que daba y tomándose su tiempo para vestirse. Lo hacía con la misma delicadeza que cuando se desvestía, y ella lo miraba de pie junto a la cama, con la misma mirada de suficiencia que él había puesto con otras. No dijo nada. No podía. Ella se fue sin mediar palabra. Lo habían usado como a un crío. Parecía un niño pequeño que quería jugar con los mayores pero solo lo utilizaban, como él había utilizado a las que habían sido más “crías” que él. Pero esta vez, cuando pensaba que era algo más. Algo más que sexo, más que palabras maquilladas que solo dejan entrever un objetivo sin importar la otra, ya que ella no es más que un mero objeto de placer. Ahora las cosas habían cambiado. Había caído. Lo habían usado, engañado, y camelado como tantas veces lo había hecho solo por alimentar su ego, solo por ser otra máquina más sin alma que follaba por deporte y títulos. Ahora Él era el título.

viernes, 22 de julio de 2011

Viejas alemanas

Los párpados se deslizan poco a poco, cayéndose por su propio peso; casi sin que te percates. Por momentos te sumerges en un estado de somnolencia que no llega a ser un sueño pleno y placentero. Aquel sueño que te repone después de cada día. Tus manos palpan la manta que recubre el sofá en el que estás sentado. Esa suavidad del algodón y las delicadas caricias te van sacando poco a poco de un salón vacío, de forma que cada vez escuchas menos ese televisor; quedando su sonido de fondo.

Pero no puedes dormirte. No quieres. Allí tirado en el sofá pasas cada uno de los canales de la TV y el satélite, viendo uno tras de otro los canales de tarot, concursos de madrugada y terminando en unos canales alemanes que pasan continuamente clips pseudoeróticos con música de organillo y en algunos casos en lugar de la jovencita de turno sale una vieja, que podría ser tu abuela.

Allí tirado no tienes ganas de nada. Hasta la sola idea de levantarte para ir a dormir te hastía y aburre. Solo quieres estar allí tirado viendo pasar los canales unos tras otro. No importa el contenido. Qué más da si es una vieja de cincuenta en paños menores o un hombre del tiempo de un canal francés que pronostica fuertes lluvias sobre Marsella. Tu única ambición es estar allí y que pase el tiempo. Estar despierto mientras pasa el tiempo… sin hacer nada, esperando a que suceda algo. Pero ese algo nunca sucede. Solo languideces en un sofá a las 3 de la mañana, en una casa vacía y sin vida, por las que llevas rondando tu solo varios días, en la más absoluta tranquilidad. Entre aquellas paredes al final has terminado por languidecer delante de una pantalla, ya sea la TV o el ordenador, hasta que algo pase. Todo lo demás es monótono y aburrido… o por lo menos eso te parece. Desearías poder insuflar algo de vitalidad a tu día a día, pero lo único que haces es esperar, como quien espera a que le llegue la hora.

viernes, 13 de mayo de 2011

Hidden Spaces

-Qué escuchas?

-Hidden Spaces.

-No los conozco, qué tocan?

-No tonto, es una canción. El grupo es The Morning After the Girls.

-Déjame escuchar.

Le quita las los cascos, esos grandes cascos negros que ella siempre lleva al cuello. Esos cascos que casi parecen una extensión de su propio cuerpo… sin embargo, a estas alturas, quién podría dudarlo?

-Me gusta… pero no crees que es un poco deprimente?

-Me gustan las canciones deprimentes, todo el mundo debería de tener una lista de canciones para cuando está deprimido.

-Quieres que la gente se suicide?

Ese tono de sarcasmo, esa media sonrisa llena de seguridad, y esos ojos brillantes y profundos que buscan sus pechos bajo de las sábanas la dejan helada.

-…no, pero cuando se está depre tienes que escuchar algo que vaya con el momento, con tu estado. Así puedes vivirlo de verdad. Bueno, no es que de la otra forma no lo vivieras, pero así tienes tu propia banda sonora. Al menos es como en las películas.

Carlota se revuelve entre las sábanas y deja al descubierto su torso desnudo y moreno. Mienstras se acurruca contra el torso de él y pone su oído sobre el pecho para escuchar sus latidos. Están totalmente desbocados.

-Bueno, pero no crees que para después de follar esta canción es algo depre demás?

En la cabeza de Carlota todavía suena la canción, cada nota y punteo de guitarra está en el ambiente. No puede quitársela de la cabeza.

-La verdad es que me recuerda a ti.

Se icorpora y pone sus ojos contra los de él. Sus manos le acarician el pecho, mientras siente como el pulso se le acelera porque solo él puede estar nervioso todavía, cuando hace unos instantes parecía la persona más segura del mundo. Sin embargo, su pulso dice otra cosa. Pero sus ojos solo dejan entrever aplomo.

-Por?

Esa media sonrisa. Nunca se marcha. Ese tono de voz nunca tiembla. Esa voz…

-Porque a veces… parece que te conozco, y otrás que no. Es como si entenderte fuera imposible. Dices que eres sincero y directo, pero… bueno, parece que eres una caja de sorpresas, Álex. Especialmente desde que volviste.

-Una caja de sorpresas, sabes que soy lo más normal, predecible, aburrido y poco higiénico del mundo.

Ella se acerca, y sus rostros, uno enfrente del otro, solo están a unos centímentros. Parece que el pecho de Álex se va a salir en cualquier momento. Sin embargo, su rostro es inmutable. Es imposible borrarle esa media puta sonrisa.

-Una mierda.

Ella le sigue mirando, y su voz se torna fría y seria.

Éntrale y fóllatela otra vez.

“No!”

La tienes enfrente y te está tocando los huevos.

“Que no, joder!”

Eres un puto inútil, siempre lo tengo que hacer yo todo.

“Te sacaré los putos ojos como la toques.”

Inténtalo soplapollas!

-Álex, estás bien?

Ella sigue ahí, delante. Llevan un buen rato en silencio y la habitación parece desierta. Pero sigue pegada a su cara, somo si lo estuviera examinando.

-Ves… eres jodidamente indescifrable.

-No te entiendo.

Su tono suena extrañado. Su rostro lleva igual todo el tiempo, seguro, con esa misma mueca de altanería y confianza. Pero su pulso es un tren sin frenos.

-Sí, eres como un puto mundo a parte. Es como si fueras un agujero sin fondo, nunca tienes luz, el puto tunel al mundo de Alicia. Solo que nunca se llega al otro lado. Joder!

Mientras hablan, la canción sigue sonando… para Carlota esa es la canción que siempre suena en su cabeza cuando está con él.

-Joder, Álex, acaso hay alguien que te conozca?

“Sí.”

Dios… eres peor que un guión de Kevin Smith!

“Cállate, me gusta Kevin Smith. A qué coño viene eso ahora?”

Eres un puto mariquita… siempre lo tengo que hacer todo yo.

“Que te follen.”

Precisamente gracias a mí lo hacen!Corta el rollo de peli romántica, que no eres Humphrey Bogart.

“Por qué tengo que aguantarte?”

Porque estás hablando contigo mismo, somemo! Así que deja de contestarte. Joder, tío; estás para que te encierren.

“Mierda… a tomar por culo.”

Sus ojos cambian y se tornan vidriosos. Cuando ella lo ve se asusta, pero antes de que pueda decir nada, él la besa, la muerde y la agarra con fuerza. Carlota simplemente, se deja llevar… pero la canción sigue sonando.

miércoles, 6 de abril de 2011

Biblioteca

-Tía!! Era enorme! Era como la hidra, el león de Nemea, o un bicho de esos!

-El qué?

-La mierda!

-Joder! Por qué eres tan asqueroso?

Hace calor, mucho calor. Nos encontramos en una gran sala de lectura de una de las múltiples bibliotecas que hay en Santiago de Compostela. Fuera, un calor de más de 25º a principios de abril resulta, cuando menos, inusual. Sin embargo, dentro se está a 20º, mientras en el piso -3, una fuente gotea agua poco a poco, a la par que su murmullo se confunde con el de bolígrafos que escriben, hojas que son pasadas, y comentarios que se pasean furtivamente entre las mesas.

Los dos que empezaron hablando están en una mesa llena. En la segunda planta del subsuelo de una biblioteca que fue edificada hacia arriba y hacia abajo. Rodeados de hojas garabateadas e ininteligibles, se miran el uno al otro; sentados enfrente.

-Oye, Carlota… Por qué hemos venido a la “biblio”? Podríamos haber hecho cualquier otra cosa. Como ir a tu casa.

-Estás de coña? Mis compañeras están, y ya tuve problemas con ellas la última vez que estuvimos. Además, también los vecinos vinieron a pedirnos que no hiciéramos tanto ruido en el piso.

-Eso es culpa tuya, yo no soy el que grita mientras follamos.

Cuando dice estas palabras el rostro de Álex cambia por completo y pone esa mirada. Con unos ojos entre el verde oscuro y el castaño que se clavan en los de ella con ese punto psicótico que aparece en momentos como aquel. Cuando las mira a los ojos, los suyos siempre cambian. Como si se tratara de otro… otro que mira a través del espejo.

Carlota, es la joven atractiva en toda regla. Es sencilla, tanto al vestir como al arreglarse. Le gusta ir siempre limpia y peinada, pero no es amiga de los perfumes o maquillajes. Sin embargo es una chica que no llama la atención, que milagrosamente pasa desapercibido a pesar de tener una piel de porcelana y unos ojos apagados y sin luz, que aún con todo, atrapan a cualquiera que la mire fijamente. Menos a Álex.

-Ya te he dicho que no me gusta que me mires así. Me das miedo.

-Así cómo?

-Con esos ojos. No pareces tu…

-Nunca te entiendo. Te miro como siempre.

Su físico posee unas curvas sinuosas por las cuales a más de uno le gustaría pasar. Sin embargo, su torpe forma de andar y sus gestos siempre tan toscos, eliminan toda femineidad posible. Su pelo es rubio, claro. Y sus labios unas finas líneas dibujadas con un pincel sobre un rostro de porcelana.

-No… ves, ahora sonríes de forma rara. No me gusta cuando estás así.

Un resoplido de él.

-Carlota, de verdad que no te entiendo.

Sin embargo, esa mirada acompañada de media sonrisa burlona todavía no ha desaparecido. Pero él todavía no es consciente.

-En serio. Para. No me gusta que hagas eso.

De pronto, cuando la vez de Carlota empieza a expresar una miedo de verdad, los ojos de Álex se vuelven de ese castaño oscuro y carente de luz que tanto lo caracteriza.

-Bueno… ya que no estamos estudiando. Vamos a follar?