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domingo, 27 de mayo de 2012

Cortar la meada


Acabas de ver en tu reloj como las agujas marcan las doce. Estás cansado, y miras la pared mientras meas en aquellos lavabos vacíos. El aire está cargado de un olor a orín rancio y por el hilo musical suena algo de Alejandro Sanz. Una buena forma de terminar la noche. Fuera de esos baños no te espera nadie. Ni un amigo, ni una chica. El centro comercial está vacío, y acabas de salir de ver una película. Solo, como de costumbre.

No estuvo mal, si obviamos a los niños de delante cuyos padres pasaron de ellos. No sabías muy a bien a quién te habría gustado asfixiar por detrás, a los niños o a los padres… o a todos, aunque eso era más complicado solo por el hecho de gente poniéndose a chillar, gritar y que no podrías terminar de ver la película. Allí de pié, mientras te sientes un poco más ligero reflexionas sobre qué harás a continuación. Coger el coche y volver a casa, donde te esperan tus padres dormidos en el sofá del salón, en bata y cogidos de la mano con el especial de Eurovisión. Aunque al menos cuando entres por la puerta el perro será quien despierte y quizá hasta se gire, mueva la cola, y luego siga durmiendo como si allí no hubiera pasado nada. Solo un fantasma. Por el contrario siempre puedes ir a dar una vuelta, hacer algo para variar. Aparcar los libros y tomar el aire, para vivir un sensación. O vivir algo. Ir solo con el coche (o mejor dicho el de tu madre) y tu L detrás siendo el rey del mundo, que tarda en aparcar en línea un cuarto de hora.

Podrías ir a algún pub, bailar, tomarte algo, acercarte por detrás a alguna chica, susurrarle algo al oído mientras le acaricias las caderas y bailas con ella. Ella sonreirá, tu sonreirás y luego te la llevarás en el coche a un sitio apartado. La dejarás en casa y quizá te su número, su Tuenti, su Facebook… Cuando la agregues a tu Facebook tu madre verá los comentarios que te deje, hará preguntas y se correrá la voz. Con tu madre está casi toda tu familia, la cual está demasiado informatizada. Hablará, harán comentarios… Poco después tu tía abuela, la snob que presume de ser muy moderna por usar Twitter y muy progre por seguir a Escolar y Llamazares, empezará a hacerte preguntas en la próxima comida familiar en la que coincidas. Luego serán tus tías, tu tío, el salido; tu madre y finalmente tu padre, quien empezará a hacer preguntas sobre dónde estuviste con el coche esa noche en la que solo ibas a ir al cine.

Terminas la meada, te lavas las manos, te secas y marchas a casa.

domingo, 24 de octubre de 2010

Roto

El lavabo está alumbrado por una tenue bombilla de 45 luminosos watios. Mientras una mosca gira alrededor de l luz, chocando contra la bombilla. Los azulejos del baño distan mucho de ser los de una casa lustrosa, más bien los de una pocilga ponzoñosa en basura. Las paredes estuvieron limpias hace ya tiempo, y la cal se amontona en el grifo y la pileta, junto a unas manchas marrones; de tierra. El suelo está lleno de pisadas de botas, húmedo de una actividad reciente, que provenía del exterior del edificio, donde el viento y la lluvia castigan a los que se asoman. Abrió la puerta, y se miró al espejo. El cristal estaba roto por alguna clase de impacto, y su reflejo se distorsionó y multiplico. Fraccionado como su personalidad lo estaba. Algunas imágenes eran amables, otras asustaban, y otras deprimían.Sus ojos se distorsionaban entre las hendiduras del cristal, y mientras se observaba; su mente se hundía en el abismo de la imagen fraccionada. No sabía si aquel reflejo, roto, distorsionado; era el suyo. Era posible que fuera la mejor descripción que habían hecho de él. Los trazos más definidos, y al a par más toscos que lo definían como alguien roto.

sábado, 16 de enero de 2010

Una tormenta

El viento azota la puerta. El ruido del movimiento de las ramas inquieta a los vecinos. Era un día tranquilo con un sol radiante y espléndido, pero en poco tiempo se convirtió un infierno para el barrio. El clima les estaba jugando una mala pasada a los habitantes de uno de los muchos barrios residenciales de las afueras de la ciudad, con todas sus casa iguales: blancas, dos plantas y garaje. Con un pequeño jardín donde la Sra. Manson, la vecina de enfrente, cuidaba todos los días sus petunias y geranios, sus arbustos y tulipanes. En definitiva, su vergel. El Sr. Simpson, el hombre de la casa de al lado, era algo más reservado, y carecía de jadín. Únicamente cuidaba su césped, el cual regaba cada domingo que no lloviera, y el manzano que en él había.

Ambos dos vecinos, ya mayores y muy entrados en canas, estaban cada uno en sus respectivas casas, tumbados en sus sofás aterciopelados, mirando las noticias por la TV, con el mando a distancia en una mano y la linterna en otra. Ambos tenían junto al sofá la caja de herramientas y algo de sopa instantánea recién preparada, que despedía un intenso aroma a pollo y especias.

Al igual que estos dos vecinos, el resto de los habitantes de aquella zona residencial estaban igual. Preparados para el castigo de las fuerzas de la naturaleza, quienes se disponían a asestar un buen golpe sobre esa pequeña comunidad de las afueras de la metrópolis. El parte meteorológico alertara a los vecinos a tiempo. Algunos incluso, temerosos de la ira de Dios, se guardaron en sus refugios nucleares y cámaras del pánico. El Sr. Simpson tenía también un refugio. Una pena que datara de la Guerra Fría, y su comida enlatada caducara en 1982. Incluso esa lata de alubias que parecían resistentes, quien sabe por qué, al paso de los siglos.

Entre esa situación de pánico, con las calles desiertas, pues todos los coches estaban en sus respectivos garajes, Timmy salió a la calle. Ese pequeño jilipollas alterador del orden público, que tanto adoraba la Sra. Manson por su cara angelical, y tanto detestaba el Sr. Simpson por su cabello, largo y descuidado. Por su música de chico de 17 años. Por sus mordaces comentarios; por la edad que pasaba.

El “pequeño” Timmy salió a la calle, a pesar de las recomendaciones de Papi y Mami de lo contrario. ¿Cómo puede la gente perderse un espectáculo de vientos huracanados, truenos y rayos? Eso era mejor que la montaña rusa del parque de atracciones. Mejor incluso que aquel concierto de Bruce Springsteen, el cual se pasó la mayoría del tiempo en un baño portátil con una chica que debía tener 5 años más, estaba borracha, y estaba muy buena. Timmy sonrió para sus adentros al recordar aquel baño portátil.

El viento, ya arrancara muchas ramas y tirado muchos contenedores. Pero Timmy correteaba en el parque del centro del barrio, como cuando tenía 5 años. La arena del arenero se esparciera en su totalidad por el parque y estaba continuamente en el aire, que junto a las señales dobladas, le daba a la escena un toque post-apocalíptico. Timmy estaba a lo suyo, reía, corría, escuchaba música con sus cascos.

Ese día sería para recordar, incluso después de ir ingresado al hospital con una pierna rota, por un contenedor que se le vino encima cuando iba de un lado a otro de las calles desiertas. Todas las casas blancas, tan alineadas milimétricamente, juntas, perfectas; solo albergaban a ciudadanos temerosos. Al menos una de esas casitas de cuento de hadas, o de pesadilla de terror, podría presumir de albergar un indómito estúpido y temerario. Alguien quien podría presumir, de la compañera de habitación del hospital con quien también estuvo en el baño, y de que estaba más vivo que todos.