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viernes, 22 de julio de 2011

Viejas alemanas

Los párpados se deslizan poco a poco, cayéndose por su propio peso; casi sin que te percates. Por momentos te sumerges en un estado de somnolencia que no llega a ser un sueño pleno y placentero. Aquel sueño que te repone después de cada día. Tus manos palpan la manta que recubre el sofá en el que estás sentado. Esa suavidad del algodón y las delicadas caricias te van sacando poco a poco de un salón vacío, de forma que cada vez escuchas menos ese televisor; quedando su sonido de fondo.

Pero no puedes dormirte. No quieres. Allí tirado en el sofá pasas cada uno de los canales de la TV y el satélite, viendo uno tras de otro los canales de tarot, concursos de madrugada y terminando en unos canales alemanes que pasan continuamente clips pseudoeróticos con música de organillo y en algunos casos en lugar de la jovencita de turno sale una vieja, que podría ser tu abuela.

Allí tirado no tienes ganas de nada. Hasta la sola idea de levantarte para ir a dormir te hastía y aburre. Solo quieres estar allí tirado viendo pasar los canales unos tras otro. No importa el contenido. Qué más da si es una vieja de cincuenta en paños menores o un hombre del tiempo de un canal francés que pronostica fuertes lluvias sobre Marsella. Tu única ambición es estar allí y que pase el tiempo. Estar despierto mientras pasa el tiempo… sin hacer nada, esperando a que suceda algo. Pero ese algo nunca sucede. Solo languideces en un sofá a las 3 de la mañana, en una casa vacía y sin vida, por las que llevas rondando tu solo varios días, en la más absoluta tranquilidad. Entre aquellas paredes al final has terminado por languidecer delante de una pantalla, ya sea la TV o el ordenador, hasta que algo pase. Todo lo demás es monótono y aburrido… o por lo menos eso te parece. Desearías poder insuflar algo de vitalidad a tu día a día, pero lo único que haces es esperar, como quien espera a que le llegue la hora.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Muerte de una historia de amor

Annie y Rob han muerto. Como todo escritor con complejo de dios los he matado, y por puro placer. Quizás algún día decida revivir su historia pero mientras tanto se quedarán en el cajón de la mesa (coño, una metáfora). Puede que cuando aprenda a escribir lo haga, así que ya podéis esperar sentados, porque va para rato. Mientras tanto me dedicaré a hacer como antes: a escribir sobre lo que quiera, cuando quiera y como quiera. Desde llamar putero al primer ministro italiano o alzar sobre todas las cosas a un grupo de música. El caso es que no me apetece atarme a una historia. Solo quiero atarme a una cosa a mí mismo, a mis idas y venidas, a mis vueltas de cabeza, a mis idas de olla y mis principios tan personales, íntimos y deñados. A mí mismo: mi propia lealtad.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Los viejos, y tan viejos tiempos,

La noche era cerrada. La solemnidad reinaba, rodeada por un aura de misterio y miedo que encogía el pecho al más valiente. Las estrellas no se atrevían a asomarse. Los cuervos no aparecían. La hierba no crecía. El cementerio estaba tan muerto como sus eternos inquilinos.

Sin embargo, algo sucedió. Un sonido chirriante que provenía de las viejas y oxidadas puertas del cementerio rompió esa “harmonía”.

Él caminaba con un paso tembloroso y un pecho desbocado, más que por el temor a ser descubierto, por el ansia de recuperarla. Enfilando un camino en la oscuridad, con la única ayuda de una vieja lámpara de aceite.

Su mano portaba una vieja, pero útil, pala. Cuando llegó a su destino comenzó a cavar. Estaba en la tumba número 13.

Sus ropas, dignas de una de las mejores familias burguesas de aquel Madrid de los tiempos Ominosos, se manchaban con el polvo y la tierra. La luz que portara no duraría mucho. El aceite de esa lámpara no duraría eternamente, y no quedaba más. Debía darse prisa.

Dos metros más en lo profundo de la tierra, se hallaba su anhelo: ella. La joven de los ojos, que en vida fueron verdes. Abrió el ataúd con impaciencia, deseoso de volver a abrazar ese cuerpo, ahora ausente de vida, pero que tiempos tuviera tanta.

Abrió el ataúd… allí estaba ella.

La luz se marchó… y él no regresó, jamás.