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martes, 6 de noviembre de 2012

Parar el tiempo


Por fin había conseguido parar el tiempo. Allí tumbado sobre la cama, miraba un techo blanco y lleno de humedad. En esos momentos el mundo estaba parado a su alrededor. No necesitaba un reloj para saberlo, solo esa sensación de calma y plenitud que le llenaba envuelto sobre unas sábanas que desprenden un leve olor a sexo. Una suave esencia que respira mientras palpa la calidez que emana aquella cama. Sus ojos siguen centrados en un techo inmutable, mientras que el silencio que rodea a sus oídos es absoluto. Son las 4 de la mañana, ese punto de inflexión entre el sueño y el cansancio acumulado junto a un punto de lucidez. Un momento extraño en el que todos sus problemas y preocupaciones parecen distintos. La perspectiva de su vida es distinta entre aquellas sábanas sudadas y llenas de humanidad, mezcladas con todas las experiencias de un día. Ahí es donde ha parado el tiempo. Todo su mundo se para en ese instante en el que no pasa nada. Puede pensar la respuesta a todos sus problemas en aquel momento, donde atesora toda la experiencias de las últimas horas. Es posible que cada día sea como una pequeña vida que termina al dormir, donde los instantes anteriores a conciliar el sueño pueden ser los momentos de mayor experiencia y su senectud del día a día. Es la pequeña antesala a la muerte, para volver a nacer a la mañana siguiente, nuevo y un poco más mayor. Pero siempre con el recuerdo de su vida anterior… en este caso unas sábanas que siempre estarán igual, con ese aroma a sexo y esa calidez.

martes, 3 de julio de 2012

En el coche


Las luces se cruzan en su rostro una tras otra. Quedan atrás con todo los demás. El viento fresco de la noche de verano entra por la ventanilla y le llena los pulmones con cada fuerte respiración. A cada poco que pisa el acelerador más adrenalina se le inyecta en el pecho. Su pulso se torna cada vez más  frenético, mientras sus manos sujetan con firmeza el volante. El asfalto no respira por donde pasa. Los demás coches se apartan de su camino. Mientras su cabeza hacía memoria de cómo había llegado hasta ese coche. No en esa noche. Ni en ese día. Sino en mucho tiempo atrás… Cómo había pasado el tiempo delante de sus ojos, los cuales ya no era verdes con el sol del verano; sino oscuros y profundos. Se había quitado esa máscara de niño para poder subir a ese coche, y sentí  como rugía el motor. Cada gota de gasolina que explotaba.

Al principio Él no sería quién llevaría ese coche, solo. Estaría acompañado. Siempre hubo varias especiales, morenas, de piel clara y altas o bajitas y de ojos azules. Cada una duraba menos que la anterior y el final se hacía menos soportable. Eran demasiadas las muescas que había detrás de aquella máscara que iba al volante. Puede ya no llevara el rostro de un niño, pero por debajo de sus facciones adultas, la gomina y la barba de más de un mes; había un niño mutilado por dentro. Cada una de esas experiencias era un corte más en su cuerpo, que nunca dejaba de sangrar. Ello lo había llevado solo a ese coche en aquella noche de verano. Le gustaría que todo fuera un sueño,  un mal sueño. Mientras su pecho deseaba más velocidad su alma deseaba que lo que vivía no fuera más que su fantasma del verano futuro. Uno lejano que nunca debía de llegar a cumplirse.  Un aviso de cómo podría llegar solo a ese coche.

Sin embargo no había sueño alguno. Esa realidad estaba viva, y cada vez parecía estarlo más. Porque más era la sangre que recorría sus venas cuando, saliendo de la ciudad, cada vez estaba más cerca del muro. A cada centímetro de distancia que se quitaba con el hormigón mayores palpitaciones sentía. Sus ojos, abiertos a no poder y el ceño fruncido en concentración eran los únicos atisbos de humanidad que parecía que todavía quedaban en aquel semblante frío y por dentro tan mutilado. Pero al final tenía que quitarse esa máscara de hombre, para pudiera respirar por dentro. No podía dejar que aquel peso le siguiera asfixiando. Para cuando se la pudo quitar, tocó el muro. Cinco años habían pasado para llegar hasta ese coche. Ya no pasaría más tiempo…

martes, 10 de abril de 2012

Alienación del sexo II


Mientras la luz de la lámpara continúa parpadeando, Él continúa mirando ese fino alambre de wolframio que por momentos deja la habitación a oscuras. Apenas se escucha ruido algo. Se trata de una noche tranquila en la que ni los vecinos ni los compañeros de piso tienen mucho que hacer. Apenas gira la cabeza sentado en aquella sillas acolchada, un mechón de pelo le resbala por la frente, dejando ocultados unos ojos grises y sin brillo alguno, que apenas llegan a reflejar esa tenue luz parpadeante de la lámpara del escritorio.

Allí desnudo y sentado, echado completamente sobre esa silla acolchada y llena de manchas, mira una cama que poco a poco deja escapar el calor que le quedaba. Entre cada respiración entrecortada la estancia se queda más y más fría.  Lo único que queda es el asomo de una figura sentada y unas sábanas revueltas.

Por su mente solo se esbozan imágenes de lo acontecido. Todo empezaba con un abrazo. Había una chica que entraba por la puerta y todavía era de día. Tras unas sonrisas y palabras, estaban sentados en la cama. Seguían abrazados, pero solo hablaban. A cada segundo que pasaban acurrucados en aquella cama, los ojos de él continuaban fijos en aquella mirada celeste bañada en un rostro moreno y que terminaba en cabello azabache. 

Pasaba el tiempo y quedaba menos luz. Y menos ropa. Estaban más unidos, en un continuo contacto. El frío que trataba de entrar en la habitación no hacía sino forzarles a estar más unidos. Un mordisco en el cuello, una mano acariciando la aquellas curvas desnudas y los últimos rayos de luz del día reflejados en dos mares que oscurecían como el día y se tornaban más negros, como su piel morena; esas eran las imágenes que aparecían ante aquellos ojos grises y allí sentado.

En la oscuridad total solo se oían gemidos ahogados y el roce contra las sábanas. Se revolvían con rabia contenida, arañándose la piel entre continuas exhalaciones. Hasta que en el punto más intenso, cuando la mano de él agarraba con fuerza un mechón de aquel pelo azabache, cuando ella le agarraba con fuerza, tumbada boca arriba y mirando un techo que parecía tan infinito como aquellos segundos. Una suave exhalación al unísono dejaba escapar en un instante toda la intensidad de aquellos momentos. La pasión y la rabia solo dejaron tras de sí una absoluta paz. Si todo empezó con un abrazo, todo terminó con otro. En aquella cama, ella le miraba tratando de ocultar una media sonrisa. Ahogado en la oscuridad de la habitación sentía el contacto con las sábanas de franela y los cabellos de ella sobre su hombro al abrazarle.

Sin embargo antes de decir nada, antes de un “te quiero” lo que se dijo fue un “adiós”. Ella se levantó de la cama, sin prisa, calculado cada paso que daba y tomándose su tiempo para vestirse. Lo hacía con la misma delicadeza que cuando se desvestía, y ella lo miraba de pie junto a la cama, con la misma mirada de suficiencia que él había puesto con otras. No dijo nada. No podía. Ella se fue sin mediar palabra. Lo habían usado como a un crío. Parecía un niño pequeño que quería jugar con los mayores pero solo lo utilizaban, como él había utilizado a las que habían sido más “crías” que él. Pero esta vez, cuando pensaba que era algo más. Algo más que sexo, más que palabras maquilladas que solo dejan entrever un objetivo sin importar la otra, ya que ella no es más que un mero objeto de placer. Ahora las cosas habían cambiado. Había caído. Lo habían usado, engañado, y camelado como tantas veces lo había hecho solo por alimentar su ego, solo por ser otra máquina más sin alma que follaba por deporte y títulos. Ahora Él era el título.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Sorpresa

Estás tirado en el sofá de casa. No es por gusto, ni tampoco por pereza. Es por obligación. Por una vez en todo el verano el motivo de que estés tirado en ese sofá viendo películas compulsivamente no es por aislarte del mundo. Simplemente estás enfermo. A final del verano, con un festival de música en unos días, con tantas cosas que hacer… que si llevar esto del piso para allí, que si preparar las cosas para volver a la universidad, que si despedirse de la gente porque no os volveréis a ver en un tiempo. Justo ahí te pones enfermo. Además estás bastante jodido.

Ahora estás viendo en la tele un especial del FIB Heineken. Pero todavía no se te quita esa mala sensación del cuerpo de hace unos instantes.

Estabas tirado en el sofá, adormilado, y volviendo a ver American Psycho. Justo cuando estás en aquella escena que es todo sexo, y del duro. Un buen trío, además.

Justo en ese momento, entran por la puerta tu abuela, con una flamante bata rosa de corazones (y lo que sea que lleve debajo), y dos hombre que no has visto en tu vida. Ambos llevas ropa usada y vieja, con manchas de pintura. Por el contrario tu llevas unos flamantes pantalones a cuadros con manchas de la escasa comida que te has llevado a la boca, y una camiseta llena de sudor de tus noches febriles y con poco sueño. Estás hecho un pincel, sorprendido y extrañado… además, por qué hay en tu salón esas personas? Y justo en ese momento? Joder, menos mal que en casa siempre se te avisa de todo.

Terminas a los grande escuchando los martillazos continuos y las charla imparable de esa mujer con bata rosa que es tu abuela. Otro maravilloso días en casa…

sábado, 27 de agosto de 2011

Despertando en el aeropuerto

A pesar de que son las 5 de la mañana la terminal bulle de actividad. Los primeros vuelos despegarán en una hora, y la gente va de un lado a otro con la cabeza más pendiente de su hotel en el Caribe, de su habitación en Roma o de la excursión por los castillos del Loira. El ruido de las ruedas de las maletas se confunde entre voces de varios idiomas y una megafonía que no para de sonar.

El continuo trajín de la terminal no es suficiente para despertarle. Allí tirado en el suelo y con una sudadera improvisada como almohada duerme con un sueño profundo y por primera vez en mucho tiempo, sin pesadillas.

A su lado, observando las idas y venidas de los pasajeros, mientras vigila con atención las maletas está Carla. Sentada como siempre. Cabeza algo inclinada hacia atrás, rodilla flexionada, brazo apoyado y una pierna estirada que no deja de mover el pie al ritmo de la Velvet.

Ella se le acerca al oído, con delicadeza, mientras observa sus párpados cerrados con fuerza y una leve mueca junto a la comisura de sus labios que denota un sueño más turbio que antes.

-Abre los ojos…

Unas palabras sibilantes que se cuelan en su oído y como mágicas levantan unos párpados en los que hace poco había un cerrojo echado. Sus pupilas se contraen y su pecho se dispara en un frenesí tan súbito que necesita de una bocanada de aire para reanimarse. Se incorpora con cuidado mientras Carla lo mira con indiferencia, acostumbrada al mismo numerito.

-Qué, otro mal sueño?

-Sí… bueno, no… La verdad es que no lo sé. No recuerdo qué era. Pero para despertarme así, no sería nada bueno. Pero joder! Valla susto que me diste!

-Oye, tranquilito. Aún encima que te despierto con cariño!? Menos mal que sabes que no te dejaría aquí tirado para que perdieras el avión… Pero, oye; cómo duermes tan mal? Seguro que es porque nos vamos.

-No. No te creas que estoy tan triste, ya volveré. Hoy solo es un domingo cualquiera…

Baja la cabeza con aire pensativo y pierde la mirada en las baldosas.

-Tranquilo Álex; que conmigo no tienes porque ponerte misterioso. No me vas a meter ficha, así que ahórrate el numerito.

-No me pongo misterioso!

Es mentira, sí lo hace. A su alrededor pasan cientos de mujeres y cualquiera podría ser su próxima conquista y coprotagonizar con él la película de su vida. Podría ser esa pelirroja de ojos azules y peca. Lleva el pelo en coleta y anda a saltitos, con energía. Él se queda mirándola y ella a él, pero ella gira la cabeza con una mueca de asco y acelera el paso. Es normal si miras a una persona con cara embelesada mientras te perforas un oído con el meñique.

También puedes ser una chica que está sentada cerca de ti. También es blanca, pero esta vez rubia y de ojos marrones. Más ancha que la anterior, con más curvas y un pantalón ajustado. Una pena que lo mire con cara de pocos amigos por haber estado cantando durante un cuarto de hora la misma canción… una de Siniestro Total, que así no escuchan su mal inglés (pero sí lo mal que canta). No parece que se cumplan sus fantasías…

sábado, 6 de agosto de 2011

Verbena

Las torres de sonido inundan la pista cubierta con la música del escenario, mientras una tenue llovizna cae sobre el tejado de uralita. La pista cubierta reconvertida en una improvisada sala de conciertos está a rebosar con un público entregado a los embriagadores ritmos de la orquesta. Da igual que sean adolescentes pasados de alcohol o parejas de más de 65. Todos están entregados y disfrutan de la calidez del ambiente, sin dejar que la lluvia les estropee su noche de fiesta. Las luces de colores deslumbran a los asistentes creando junto una música atronadora un espectáculo atractivo y entretenido, lleno de colorido, baile y un sonido cautivador.

En primera fila está toda esa gente. Toda esa gente es esa gente que conoces, para bien o para mal. Con la mayoría casi no has hablado. A veces habéis coincido con otros, o simplemente fueron en tu curso en el instituto. En otras solo los viste por algún pasillo… porque realmente allí solo hay los que eran más pequeños que tu o simplemente los que no llegaron a terminar la secundario y no llegaron mucho más lejos. De todas formas para ti no hay muchos motivos para saludarles. Quizá alguno se acuerda de ti, y te saluda de forma animosa (casi como si fueras su colega de cañas del día a día) a la par que esbozas tu sonrisa más artificial y le saludas fingiendo que no lo habías visto. Da igual… seguramente pase un año hasta que os volváis a ver. Porque es cierto: en medio de ese estruendo que es lo más cercano que estará cualquiera de los presentes de ver una performance de Lady Gaga, mientras babean con la ropa ajustada y los sensuales movimientos de las cantantes; no sientes la obligación de tener que saludar a nadie. Qué más te da que quedes mal, como un borde o un desagradable? Ya te sientes suficientemente solo, en medio de esa barahúnda adolescente y con el alcohol corriendo por sus venas que salta, grita y baila. Porque da igual que estés rodeados de tus amigos, o de toda esa gente. Ya que estás solo. Sabes que no encajas allí. Ese no es tu sitio. No porque seas demasiado bueno para ello, sino porque no perteneces. No te encuentras cómodo. Los que te rodean no son de tu gente, y tus amigos están demasiado entregados como para percatarse de lo que ronda tu mente. En definitiva, que no estás en tu ambiente. No le tienes que dar explicaciones a nadie, porque solo piensas en marcharte y dormir acurrucado en tu cama.

miércoles, 6 de julio de 2011

Pesadillas

Se revuelve entre las sábanas en busca de alguna parte que todavía conserve algo de frescor al tanto que ellas se le pegan al cuerpo por el sudor que no cesa. Éstas le agarran queriendo hacerle suyas y asfixiándolo en un baño de sudor mientras cumplen su macabra y erótica fantasía. Se enroscan poco a poco a su cuerpo moreno con cada giro. Su piel está atrofiada por una tela cálida y húmeda que lo persigue cada noche mientras su mente despierta es atemorizada por sus pesadillas. Éstas lo drenan por dentro al igual que aquella habitación calurosa con su ambiente opresivo lo hace por fuera. Las pesadillas que de verdad le matan no son las que aparecen cuando duerme sino las que le impiden hacerlo. Las mismas pesadillas que le acosan y ponen sus latidos al borde del paro. Las mismas pesadillas que si no fuera por la costumbre le harían ahogarse en sollozos de culpa mal dirimida. Fragmentos de dentro de su cabeza que como esquirlas de diamante que desgarran su mente por las noches antes de que esta descanse entregándose a un sueño profundo. Es la tempestad que vive antes de la calma que solo llega cuando esos brazos morenos dejan de intentar salir a flote en un caluroso mar de tela para hundirse en lo más profundo. Mientras se hunde ya no hay más dolor, tensión ni pensamientos o recuerdos que lo encuentren. Las pesadillas podrían terminar así para siempre si solo se dejara hundir, si solo dejara de respirar. Por eso la verdadera calma nunca le llegará.