Es alentador ver pasar el tiempo a través de un cristal. Fuera la lluvia inunda las calles, a veces más fuerte, otras menos; e incluso llega a parar. Pero siempre llueve. Desde el dormitorio la cosa es distinta. Se palpa la calidez del ambiente, se siente sobre el bello de la piel, como una carga electrizante. En la cama, semidesnudo y sonrosado, está el cuerpo de una chica. Su torso está medio tapado por una manta gris. La sonrisa aparece de entre los pelos enmarañados, y sus mejillas están coloradas; fruto de la sensualidad del momento. No hay que pensar demasiado para saber lo que pasó allí. Un reguero de ropa va desde la cama hasta el pasillo del piso. Lo último que se ve a junto al colchón son unas braguitas sedosas de la “Guerra de las Galaxias” y unos calzoncillos de “Félix el gato”. Jóvenes… Él la mira de pie junto a la cama, con deseo e indiferencia. Es orgulloso, y creído. Su mente está emponzoñada de testosterona y sexo. Drogas: testosterona, sexo y el rock’n roll sonó hace un rato a modo de gritos. Para ella, una chica, sin nombre ni rostro en algún tiempo; ha sido un buen momento. Para Él otra inherente prueba de masculinidad… Otra inútil prueba. Solo sexo, puro y duro. Algo maravilloso y por fuera pasional, pero para Él solo es otra “cosa” más. Por dentro está totalmente deshumanizado, mecánico, alienado.
domingo, 31 de octubre de 2010
jueves, 21 de enero de 2010
Llueve en la ciudad
Estaba apoyado en la balaustrada del balcón, admirando las vistas. La lluvia repiqueteaba suavemente en la piedra, dejando una suave melodía. Las gotas se deslizaban con delicadeza a lo largo de su rostro, cabizbajo e inexpresivo. Demasiado era lo que sus músculos faciales debían mostrar, y eso dejaba una piel aséptica, libre de sentimientos; pues todo iba por dentro. Lo único capaz de mostrar su estado era la ciudad. Vacía, ausente de vida. Desierta a causa de la incesante lluvia que no diera descanso alguno en toda la tarde, y que desde la puesta de sol obligó a los transeúntes a refugiarse en sus casas, cobijados del frío en cálidas y coloridas mantas de lana, en sus sofás de terciopelo, con el olorcillo de sopa de pollo caliente que desprenden sus flamantes cocinas. Pero él no tenía una deliciosa sopa de pollo, para qué la quería; ni mantas, de numerosas variedades cromáticas, hechas de lana; ni un sofá de terciopelo, ni estufas que desprendieran calor alguno. En ese momento solo tenía su balcón. Su balcón, con cada balaustre labrado en una piedra envejecida y desgastada por los años, que antaño mostraba una detallada hoja una de acanto en su base. Él se mostraba como esas calles inertes, que únicamente albergaban riachuelos, que recorrían el frío y oscuro asfalto, alumbrado por las farolas milimétricamente colocadas en las aceras. Eran iguales, la ciudad y Él. Él siempre decía que uno debía vivir en comunión con su entorno, su ambiente: su mundo. Así era. Y la ciudad le sentía, le comprendía, y le imitaba. Era su mejor amiga. La que reflejaba su ánimo fielmente. Ella nunca le traicionaba. Y si Ella era recorrida con ríos de lluvia a la luz de las farolas. Las mejillas de Él eran recorridas por lágrimas transparentes a la única luz que a Él le quedaba: la de sus ojos marrones, que con el reflejo de la escasa iluminación del ambiente mostraban un cariz verdoso. Esa luz que solo se apagaría el día en el que se encontrara a dos metros bajo tierra. Él quiso adelantar hasta hoy ese día, sin embargo, el agua no solo se llevara el odio. También arrastró los deseos de ponerle fin a todo. Arrastró la vida de los recuerdos. Solo había quedado humedad. Frío. Todo ello porque Él no solo quedara solo, sino que también suplantado. Ahora Él tenía algo a lo que aferrarse: el frío. El frío vacío.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Lluvia y hormigón
La lluvia anegaba la calzada, mientras que los ya muy escasos coches circulaban tan lentamente como podían. El ruido producido por el continuo e incesante golpeo de las gotas de agua que caían con fuerza de un cielo gris y oscurecido.
La mirada del grupo se dirigía a los bordes de la carretera, donde veían como el alcantarillado, rebosante de agua, expulsaba a ésta de sus entrañas al exterior; anegando, si cabe más, el asfalto.
A pesar de esta estampa pseudo-apocalíptica, todos los que viajaban en el autobús estaban contentos de ver aquel panorama. Las calles casi vacía, había sido substituidas por riachuelos. Los balcones de los edificios colindantes al bulevar, se vieron convertidos en cascadas. Y la paz se establecía en una pequeña ciudad, donde sus habitantes se vieron derrotados pos la lluvia, un elemento con el conviven de siempre. Por todo ello los viajeros de esa línea de domingo en el autobús local se sentían como aventureros en un mundo de acero y hormigón. Vacío. Pero que ellos sabrían como llenar, cuando ese gran autobús rojo, que ponía la discordante nota de color al paisaje apagado, les dejara en su destino. Era otra pequeña aventura en la monótona y aburrida vida de una gente de la ciudad que se negaba a esconderse en la profundidad de sus moradas de ladrillo.
sábado, 17 de octubre de 2009
House of the Rising Sun...
Al recorrer una lágrima recorría su mejilla, escuchaba el repiqueteo de las gotas de lluvia contra la ventana de su habitación. Su mirada perdida en un techo níveo, era tan profunda como su malestar.
Los libros se apilaban en la mesilla de noche. El ruido del ventilador del ordenador quedaba tapado por House of the Rising Sun, de The Animals. La canción, con un trasfondo de la fuerte lluvia que caía afuera, creaba una aura de melancolía que solo podía reflejar cómo se sentía. La habitación estaba fría, húmeda hasta calar los huesos… pero daba igual. Mientras The Animals le acompañara eso ya no importaba. Ella no importaba. Nadie… Solo la música. Él solo en la habitación, tumbado en su cama; triste. Estaba en su mundo, en su lugar. Allí estaba seguro de ella. Los libros que había devorado y las innumerables canciones escuchadas le ayudaron. Pero… cuando se levante, ella volvería a su cabeza; y con ello el dolor. Esta vez ni la música lo salvaría… solo él podía hacerlo.